domingo, 21 de febrero de 2010

MONUMENTO EN HOMENAJE A LOS FALLECIDOS DURANTE LA EPIDEMIA DE FIABRE AMARILLA DE 1871

Monumento  en homenaje a los fallecidos durante la espidemia de fiebre amarilla

Este monumento fue erigido en 1873 en homenaje a las víctimas de la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires. el momumento está emplazado en la plaza Florentin Ameghino.
 En la parte inferior del mnumento se talló la imagen del óleo de  Juan Manuel Blanes quien inmortalizara una escena de la epidemia donde se observa a las autoridades sanitarias ingresando a una vivienda de la ciudad y encuentran a una mujer muerta y su bebé llorando a su lado. La epidemia cobró la vida de aproximadamente 14.000 personas.
La plaza Ameghino en el siglo XIX era el cementerio del Sur donde se enterraban a los inmigrantes y personas de bajos recursos, cuando ocurrió la epidemia el cementerio no daba abasto y se resolvió llevar a los nuevos muertos al cementerio de la Chacarita y trasladar los muertos del cementerio del Sur.
Como la cantidad de muertos diarios era enorme, le dieron prioridad para el cementerio de la Chacarita a quienes fallecen dia a dia, mientras los deudos de los muertos del cementerio de sur retiraban los restos de sus parientes para llevarlo al nuevo cementerio- ya que ese lugar dejaría de funcionar como tal.  El monumento fue constrido en el lugar donde se hallaba la admnistración del antiguo Cementerio del Sur

Se cree que los que no fueron reclamados quedaron enterrados en la actual plaza... Lo que dio lugar a la leyenda que dice que cuando apenas sale el sol y y haciendo silencio frente al monumento se esuchan llantos y lamentaciones de los que aón siguen enterrados en el lugar.
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Episodio de la Fiebre Amarilla,
ocurrida en Buenos Aires en 1871, por Juan Manuel Blanes (óleo sobre tela).

martes, 16 de febrero de 2010

ROMANTIC ARGENTINA 1932 (una joyita)




Esta es una filmación norteamericana, de nueve minutos de duración, sobre Buenos Aires del año 1932, se puede ver la costanera sur a pleno totalmente diferente de lo que es hoy y otros lugares de la ciudad en ese año.

jueves, 11 de febrero de 2010

MENSAJES Y SIMBOLOS EN LA PUERTA DE ENTRADA DEL CEMETERIO DE LA RECOLETA

“Requiescant in pace”
exterior
Del lado de afuera el mensaje es de los vivos a los muertos: Requiescant in pace, que significa: Descansen en Paz.




"Expectamus Dominum"
interior
Del lado de adentro el mensaje es de los muertos a los vivos: Espectamus Dominun, que significa: EL SEÑOR AGUARDA




El cementerio en sí, es una obra de arte, un museo al aire libre en el que encontraremos diferentes símbolos religiosos y también masónicos, ya que allí fueron sepultados hombres que integraban la masonería, siendo muchos de ellos, héroes de nuestra Patria.


Al ingresar al cementerio, encontraremos los primeros símbolos de la vida y de la muerte, representados en once alegorías:



El huso y las tijeras: simboliza el hilo de la vida que se puede cortar en cualquier momento.


La cruz y la letra P: la paz de Cristo en los cementerios

La corona: voto de recuerdo permanente

La esfera y alas: el proceso de la vida y de la muerte que gira incesantemente como la esfera.

Cruz y corona: muerte y recuerdo.

Abeja: símbolo de laboriosidad.

La Serpiente mordiéndose la cola: el principio y el fin

Manto sobre urna: abandono y muerte

Antorchas con llamas hacia abajo:la muerte

Búho: vigila atentamente y según algunas creencias, anuncia la muerte

Reloj de agua o Clepsidra: el transcurrir del tiempo, el paso de la vida.
 
http://www.cementeriorecoleta.com.ar/simbologia1.htm

miércoles, 10 de febrero de 2010

PUENTE AVELLNEDA

El Puente Nicolás Avellaneda, es un puente que cruza el Riachuelo, uniendo los barrios de La Boca de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la Isla Maciel en la Ciudad de Avellaneda.




Inaugurado el 5 de octubre de 1940 a escasos metros del antiguo puente transbordador (con el que comparte nombre), su construcción significó toda una hazaña para la ingeniería de su época, siendo una de las primeras obras del mundo en acero y cemento.




Tiene un largo aproximado de 1650 metros, desde su acceso en la avenida Sargento Ponce, en Dock Sud hasta la avenida Almirante Brown (esquina calle Pinzón), en el barrio porteño de La Boca. Originalmente el acceso por la calle Pinzón pretendió ser provisorio, estando en el proyecto original la voluntad de hacer una extensión hasta la calle Wenceslao Villafañe.



Es una de las principales vías de tráfico entre Avellaneda y la Capital Federal, sobre todo cuando el Nuevo Puente Pueyrredón sufre cortes, siendo estos muy habituales. También cuenta con pasarelas habilitadas para la circulación de peatones, a las cuales se accede desde dos edificios (uno de cada ribera), donde se instalaron oficinas y viviendas de los técnicos de la Dirección Nacional de Vialidad, actualmente en restauración.

LA VELETA QUE LE DIO NOMBRE A UN BARRIO "CABALLITO"

En el año 1804 un inmigrante genovés Don Nicolás Vila instaló en la esquina de las actuales calles Rivadavia y Emilio Mitre una pulpería. Coronaba la construcción una veleta de latón con la figura de un pequeño caballo. Este comercio con el correr de los años comenzó a ser conocido como "La pulpería del Caballito" y poco a poco se comenzó también a denominar con el nombre de "Caballito" a la toda esa zona. Actualmente en la plaza 1° Junta un mástil tiene en su cima una veleta realizada por el escultor Luis Pertlotti que es copia de la original

martes, 9 de febrero de 2010

Roverano (Cementerio de La Recoleta)

 En la tumba de la familia Roverano se distingue una estatua que simboliza al inmigrante llegado a estas tierras con voluntad de labrarse un porvenir. El casco del navío lleva la inscripción “Ayudate”. Los Roverano, dedicados al comercio y obras de beneficencia, fueron también los dueños de la conocida confitería del Gas.

Los Roverano mantenían una muy cordial competencia con un café situado a una cuadra de distancia, en la misma manzana: el Tortoni, ubicado desde 1858 en la esquina de Rivadavia 801 y Esmeralda, donde ahora se encuentra la plaza Roberto Arlt. En 1880, cuando el Tortoni se instaló enfrente, en Rivadavia 826, los Roverano se mudaron a la esquina que dejaron sus colegas. Volvieron a ser pioneros cuando en 1882 una empresa de electricidad que repesentaba los intereses de Tomás Alva Edison y debía demostrar a las autoridades sus capacidades,colocó lamparitas en la siempre moderna Confitería del Gas.

domingo, 7 de febrero de 2010

UN CHALET EN LA 9 DE JULIO

Don Rafael Díaz nunca imaginó que su esfuerzo iba a traducirse en un sueño realizado. Terminaba el siglo XIX. El tenía 15 años, era vendedor en una mercería de la calle Chacabuco y a la noche dormía sobre el mostrador del negocio. Su empleador, ante el empeño de Díaz, le auguró: "Usted va a ir al Paraíso, Rafael, usted tiene un chalecito reservado en el cielo".




Ese fue el origen del chalet que se levanta en la cima del edificio de Sarmiento 1113, que se asoma sobre la 9 de Julio y que tiene como vecina la mismísima punta del Obelisco.



Ahora está casi escondido bajo carteles publicitarios. Son pocos los ángulos desde los que se lo ve. Cada tanto, algún peatón que cruza la gran avenida cree descubrirlo. "¿Y eso? ¿Qué loco hizo un chalet ahí arriba? ¿Quién vivirá ahí?" Y no. Vivir ya no vive nadie. Ahora funcionan oficinas. Pero hace muchos años sí...



La idea de tener una casita en el cielo obsesionó a don Rafael. Y no quiso esperar hasta la otra vida. Un día él iba a tener un edificio de diez pisos -en el que sólo se vendieran muebles-, coronado por un chalet normando como uno que había visto en Mar del Plata.



En 1927 terminó de construir su sueño. Inauguró Muebles Díaz, que se convirtió en una de las grandes tiendas de Buenos Aires. Todo el mundo la conocía como la mueblería del chalecito. Mónica Abal de Schiavon, su bisnieta, cuenta que el hombre decidió hacerse una sucursal de la casa.



Vivía en Banfield. No podía volver a almorzar: entonces, creó allí un segundo hogar. Comía en la primera planta. Hacía una siestita, ni muy corta ni muy larga, y volvía a trabajar.



Su chalet no sólo rascaba la panza al cielo. En días claros, permitía ver la costa del Uruguay. Le gustaba mirar la ciudad. Desde esas ventanas, el señor Díaz vio, bloque por bloque, cómo levantaron el Obelisco en 1936. También fue testigo de la apertura de la 9 de Julio. Nada de eso estaba cuando él llegó.



De hecho, el señor Díaz sabía que la publicidad era la clave del negocio. Pero no quería pagar por ella. Y supuso que el chalecito era la mejor publicidad. Pero cuando él edificó, la calle era muy angosta y no había ángulo desde el cual divisar la casita. Tuvo suerte. O ayuda desde lo alto. Porque pronto se abrió la 9 de Julio. Y el chalecito pasó a ser parte de la típica postal de Buenos Aires, una ciudad en la que todavía corrían los tranvías.



Hoy, para llegar al chalet hay que subir por ascensor. En la planta baja funciona la administración del edificio, y en el primer piso, oficinas con alfombra gris y muebles modernos. El techo es de teja francesa. El comedor conserva el bow window con vitrales. Sobrevivieron las baldosas con arabescos del baño.



Al último piso se llega por una escalerita de caracol. Está vacío. Pero mantiene la esencia de la casa. Los ventanales enmarcan una vista única. Es posible estar bajo el techo a dos aguas de un altillo y mirar cara a cara, la punta del Obelisco.



En la terraza se mantiene una decena de maceteros repletos de flores, una pincelada de cómo se vería cuando don Rafael la convirtió en un jardín donde se exponían muebles de exterior.



Cuentan los nietos que en los años 40 y 50 el negocio fue una de las mayores mueblerías de América latina. La decadencia llegó cuando las grandes tiendas por departamento dejaron de ser iconos de Buenos Aires.



Don Rafael falleció en 1968. El negocio quedó en manos de sus hijos y, hacia fines de los años 70, los pisos se alquilaron para otros usos. Y con el auge de los carteles lumínicos, el pequeño gran chalet, el símbolo del sueño del señor Díaz, quedó tapado.



Por años estuvo abandonado. Y oculto. Fue sede de una agencia de modelos y el laboratorio de un fotógrafo.



Y así fue como los porteños terminaron desconociendo la historia de aquella casita. Cada tanto, alguno se sorprende: ¿quién habrá sido el loco que se hizo semejante chalet en la punta de un edificio y asomándose a la 9 de Julio?